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lunes, 24 de septiembre de 2018

REFLEXIONES - 1

Querido Hermano Templario, considera que nosotros podemos ser restitución, eucaristía. Es la respuesta, es el segundo tiempo, es el feliz éxito del gesto de Dios. "Todo lo que es tuyo es mío": Dios se ha dado. "Y todo lo que es mío es tuyo", respondemos. Dios no habrá arriesgado en vano su amor a nosotros. Dios no habrá lanzado en vano su llamada, nuestra fidelidad le responde: Todo lo que es mío, es Tuyo hágase tu voluntad, venga tu reino, que tu nombre... Y esta respuesta le permite volver a empezar lo que constituye su alegría, volver a empezar a darnos lo que acabamos de devolverle: su vida, su amor, su beatitud, su Hijo. Este gesto de Eucaristía, de tránsito es en si el acto más alegre del mundo. Nos hace conforme a nuestra verdadera naturaleza, rehace en nosotros ese ser filial y libre que se llega a ser cada vez que se acepta ser una nueva criatura, cada vez que se acepta, habiendo devuelto todo, recibirlo todo de nuevo. Nos restituye a Dios y a nosotros mismos, a aquel que Dios querría que fuéramos. La Eucaristía es el gesto más profundamente natural del hombre, porque es ese movimiento más natural de Dios, su misma respiración.

Hermano Templario, el que da la vida es  el Padre. El que da su vida es el Hijo. Dios es el que da la vida. Todos nuestros esfuerzos no lo conseguirían nunca. Él había dado el soplo de vida a Adán. El Hijo, nuevo Adán, lo ha devuelto. "En tus manos entrego mi espíritu". Entonces, en Pentecostés, el Padre nos ha dado de nuevo un soplo: el Espíritu que nos vivifica. Toda la vida de la humanidad es la historia de este soplo: soplo sobre Adán para crearlo, de Jesús para entregarse; soplo de Dios sobre nosotros para crearnos de nuevo, soplo que incesantemente se comunica al que quiere dejarse animar, al que quiere dejarse arrastrar por el ritmo de esta respiración divina.


Hermano, orar es aprender a respirar, a recibir el soplo y, habiéndolo recibido, a devolverlo en el mismo impulso de alegría que nos había animado por esta aspiración de todo nuestro ser. Aspirar, después expirar, como Jesús ha expirado en la Cruz. Darse. Entregarse... en el diálogo al pie del altar hay un eco de nuestra inquietud; "¿Porque estás triste, alma mía, y porque me llenas de turbación?..." Y el acólito responde "Spera in Deo..." vamos, vete y espera en Dios una vez más. Abre las manos, abandona todo, devuelve tu vida, para que Dios pueda darte la suya.

Fr.++++ Jose Miguel E. Nicolau

NON NOBIS DOMINE NON NOBIS SED NOMINI TUO DA GLORIAM